Existe el racismo, la homofobia, el machismo y tantas otras formas de violencia social que hemos identificado y señalado. Pero, la pregunta que nos hacemo hoy es: ¿qué pasa con la discriminación hacia las personas con discapacidad? Ahí aparece una palabra que no todo el mundo conoce y que incomoda precisamente porque señala algo cotidiano y estructural: capacitismo.
En español, capacitismo puede entenderse como una adaptación construida sobre la raíz “capacidad” para describir una jerarquía social que concede superioridad a quienes cumplen con estándares funcionales y morfológicos específicos. Dicho con menos tecnicismo: el capacitismo es la idea (y, sobre todo, la práctica) de que hay una única forma legítima de cuerpo y mente: autónoma, productiva, eficiente, “normal”, sin dependencia, sin lentitud, sin dolor visible, sin necesidad de ajustes.
El capacitismo suele manifestarse como insultos o burlas a las personas con discapacidad. Pero no solo eso, también desde la discriminación hacia las personas que tiene capacidades distintas diferentes a la norma. Existen sistemas educativos diseñados para un solo ritmo; trabajos que solo reconocen un tipo de rendimiento; o trámites burocráticos que convierten que no són accesibles para todas las personas. Un ejemplo sencillo y cotidiano que muestra esta discriminación con claridad es cuando una institución público no tiene rampa o ascensor, no estamos ante un “problema individual” de movilidad, sino ante una decisión de diseño que produce exclusión. Un entorno que, literalmente, discapacita. Las consecuencias psicosociales de estos actos generaron la necesidad de ponerlo un nombre con el que señalarlo: el capacitismo.
¿De dónde surge la idea de capacitismo?
Aunque el desprecio hacia la discapacidad es antiguo, la fuerza del capacitismo como concepto es relativamente reciente y nace de un desplazamiento político: pasar de la caridad a los derechos, y del problema individual a la responsabilidad social. El término aparece ligado al Movimiento de Vida Independiente y al desarrollo del Modelo Social de la Discapacidad, que rompe con la mirada médica clásica: no niega la dimensión corporal o clínica, pero rechaza que ahí se agote la explicación. La discapacidad, desde este enfoque, no es un atributo personal; es el resultado de vivir en una sociedad construida para un ideal estrecho de “capacidad”.
En ese marco, puede plantearse que el capacitismo emerge como categoría teórica y política en estrecha conversación con prácticas discursivas y activismos del feminismo estadounidense de los años setenta y comienzos de los ochenta. La historiografía del término suele situar una de sus primeras documentaciones en 1981, en el medio feminista Off Our Backs, donde aparece ableism (voz inglesa para designar el capacitismo, formada a partir de able —“capaz”, “hábil”— y el sufijo -ism, que remite a un sistema o ideología). Este dato no es menor: sugiere un origen más próximo a la militancia y a la necesidad de nombrar una opresión concreta que a la formalización académica. También se ha señalado un uso institucional temprano en 1986, vinculado a un comunicado del London Borough of Haringey, lo que indica el paso desde el activismo de base hacia su incorporación al vocabulario público de la discriminación.
Es a mediados de los noventa que llega un hito clave: las educadoras estadounidenses Laura Rauscher y Mary McClintock establecen una definición común del capacitismo como un sistema generalizado de discriminación y exclusión que oprime a personas con discapacidad. Desde ahí, el concepto gana profundidad y se vuelve más incómodo: ya no apunta solo a “malas actitudes”, sino a una estructura que organiza quién entra, quién queda fuera y bajo qué condiciones. En conceptualizaciones posteriores, autoras como Fiona Kumari Campbell insisten en que el capacitismo no es una suma de prejuicios, sino un orden de vida que produce privilegios (quién tiene acceso, credibilidad, futuro) y exclusiones (quién es sospechado, infantilizado, sobreprotegido o expulsado). En su trabajo se subraya, además, cómo el capacitismo opera a través de microagresiones y también a través de su forma internalizada: cuando la sociedad repite tanto un ideal de cuerpo válido que ese ideal termina habitando la propia subjetividad.
Si alguien quiere ver este cambio histórico, el documental Crip Camp funciona como un gran ejemplo. La obra sitúa la discapacidad en el terreno de los derechos civiles al rescatar grabaciones de 1971 y finales de esa década, mostrando cómo se construye un movimiento cuando el problema deja de ser “mi cuerpo” y pasa a ser “vuestra organización social”. Un incidente clave que ilustra este punto es la resistencia y la organización colectiva que surgió en el Campamento Jened (Nueva York), que en los años 70 se convirtió en un espacio de comunidad y empoderamiento. En el documental aparecen historias sobre capacitismo especialmente crudas, como la que vivió Denise Sherer Jacobson en aquella época. Denise relata cómo un médico, incapaz de concebir que una mujer con parálisis cerebral pudiera tener una vida sexual activa, ignoró los síntomas de una infección y prefirió extirparle el apéndice (que estaba sano) antes que realizarle un examen pélvico. Este diagnóstico erróneo no fue un simple fallo médico, sino una forma de violencia capacitista: la infantilización sistemática que despoja a las personas con discapacidad de su autonomía, de su deseo y, en última instancia, de una atención sanitaria digna.
Pero no todo es negativo, en términos legales y políticos, se han producido avances reales. Naciones Unidas proclamó 1981 como Año Internacional de las Personas con Discapacidad, una señal temprana de marco global. En Estados Unidos, la ADA de 1990 consolidó un enfoque antidiscriminación amplio en empleo, educación, transporte y espacios abiertos al público. A nivel internacional, la Convención de la ONU sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (adoptada en 2006 y en vigor desde 2008) fijó el giro: de “objeto de cuidado” a “sujeto de derechos”. En España, la reforma del artículo 49 de la Constitución entró en vigor en febrero de 2024 y se ha presentado explícitamente como una alineación con el enfoque de derechos. En el marco europeo, la European Accessibility Act pasó a aplicarse el 28 de junio de 2025, elevando exigencias de accesibilidad en productos y servicios en la UE.
Todo esto importa, pero conviene una lectura crítica: los cambios normativos no eliminan por sí solos los automatismos culturales. A veces la ley avanza y la vida cotidiana se queda atrás; ningun cambio legal y político será suficiente si la sociedad no es consciente de lacra que representa el capacitismo en nuestro tiempo.
¿Qué ideas sostienen el concepto?
Si el capacitismo fuese solo un conjunto de opiniones desafortunadas, bastaría con educación cívica y buena voluntad. El problema es que opera como un sistema, y por eso necesita marcos teóricos que lo hagan visible sin reducirlo a moralina.
El Modelo Social de la Discapacidad, asociado a la tradición británica y a autores como Mike Oliver, propone una distinción clave: una cosa es la deficiencia (condición corporal o funcional) y otra la discapacidad como barrera social. En esta mirada, la discapacidad no “vive” en el cuerpo, sino en el diseño de lo común: normas, espacios, tiempos, expectativas. Oliver lo expresa de forma muy directa al situar el problema “dentro de la sociedad” y no en las limitaciones individuales.
En segundo lugar, la perspectiva de Foucault no habla de discapacidad de manera específica, pero ofrece herramientas decisivas para entender cómo se fabrica la “normalidad”. Su análisis de la disciplina y la normalización permite leer el capacitismo como una dinámica social: instituciones que clasifican cuerpos, miden rendimiento, distribuyen valor y convierten la desviación en problema. Cuando se espera que el cuerpo sea dócil y productivo, la diferencia corporal queda colocada en el lugar de lo improductivo. El capacitismo no sería entonces un error moral aislado, sino un efecto de un orden que organiza vidas según utilidad.
Y por último la interseccionalidad, definida por Crenshaw, teórica crítica sobre racismo, que ayuda a evitar una trampa frecuente: hablar de “las personas con discapacidad” como si fuese un grupo homogéneo. No se vive igual la discapacidad siendo mujer, migrante, persona racializada, pobre o mayor. Cuando esas capas se solapan, también se multiplican los riesgos de exclusión: más barreras materiales, más vigilancia, menos credibilidad, más vulnerabilidad institucional. Sin esta perspectiva, muchas experiencias quedan fuera del campo de visión y muchos casos de discriminación no pueden entenderse.
Cuando lo “positivo” también es capacitismo: paternalismo e inspiración
Hay una forma de capacitismo que suele pasar por “bonita” o “motivadora” y por eso es tan difícil de señalar: la paternalización. No hace falta insultar para discriminar; basta con situar a la persona con discapacidad en una posición simbólica inferior, aunque el tono sea amable. Aquí entran frases que parecen elogios pero en realidad revelan expectativas bajísimas: “es un superhéroe por estudiar”, “es increíble que con su condición haya hecho eso”, “qué ejemplo de vida”. En el fondo, ese discurso dice: vivir tu vida cotidiana merece aplauso porque tu vida se imagina, de entrada, como menos vida.
Stella Young popularizó una expresión muy útil para describir este mecanismo: inspiration porn, la objetificación de la discapacidad para que quienes no son discapacitados se sientan inspirados, conmovidos o moralmente mejores. El problema no es reconocer un logro real; el problema es convertir a una persona en herramienta emocional para otros. Además, esa admiración suele ser condicional: se celebra a la persona mientras encaje en el papel de “ejemplo”. Cuando pide ajustes, cuando se enfada, cuando denuncia, cuando no “supera”, aparece la etiqueta inversa: “difícil”, “quejica”, “victimista”. Ese vaivén no es anecdótico: es una forma de control cultural.
Este punto es importante en salud mental porque el paternalismo puede producir una carga psicológica específica: la obligación de ser inspirador, agradecido, resiliente y amable todo el tiempo. Es decir, no solo se exige adaptarse a barreras; también se exige hacerlo con una narrativa emocional aceptable.
¿Cómo apoyamos desde Minday a las personas que sufren capacitismo?
En Minday trabajamos la psicoterapia online con una idea clara: hay personas que, por su casuística vital, han estado más expuestas al odio, la discriminación o la desvalorización en distintos contextos (escuela, familia, trabajo, redes sociales). El capacitismo es una de esas formas de violencia, pero no siempre aparece en su versión más evidente. A veces se vive como un goteo: miradas, comentarios, bromas, dudas sobre la credibilidad (“¿seguro que lo necesitas?”), infantilización o exigencias para rendir que afectan a la salut mental.
Por eso, nuestro acompañamiento no está pensado únicamente para quienes han sufrido episodios graves o continuados de discriminación explícita. También puede ser útil para personas que han cargado con experiencias que parecen “menores” porque se normalizan, pero que dejan marca: bullying en la escuela, risas o humillaciones por no encajar en los cánones físicos, estigmas por moverse, hablar, aprender o relacionarse “de otra manera”, o la sensación persistente de tener que esforzarse el doble para ser tomado en serio. En muchas trayectorias, estas vivencias terminan erosionando la autoestima y generando hipervigilancia, vergüenza, inseguridad social o una autoexigencia permanente.
En nuestro modelo de psicoterapia online, abordamos el impacto psicológico de haber vivido ese juicio constante. Trabajamos con el malestar emocional asociado (ansiedad, tristeza, rabia, culpa, aislamiento), pero también con lo que suele quedar por debajo: la idea aprendida de que pedir ayuda “molesta”, de que poner límites es “exagerar” o de que uno tiene que demostrar constantemente su valor. Cuando hay capacitismo internalizado, la terapia ayuda a identificar cómo la norma social se ha convertido en voz interna (“tengo que poder con todo”, “no debería necesitar esto”, “si me quejo, me rechazan”) y a reconstruir una relación más amable y realista con las propias necesidades que ayude a mejorar el bienestar emocional.
Si sientes que la discriminación, el odio o el juicio hacia tu cuerpo está afectando a tu salud mental, en Minday encontrarás un espacio online profesional, confidencial y sin juicio.