Una reflexión sobre cómo las redes condicionan nuestro desarrollo moral
Por Maria Martí
Psicóloga y Psicopedagoga
Cuando hablamos de la adolescencia o del adolescente, lo hacemos desde unos pilares relativamente estables: su desarrollo físico, su desarrollo emocional y su desarrollo social relativo a la pertenencia al mundo. Preocupados por la complejidad de esta etapa, nos desplazamos de una de estas esferas a otra intentando responder de la mejor manera posible a las innumerables dificultades que nos plantea el mundo moderno. Sin embargo, existe una esfera frecuentemente olvidada, o relegada a un segundo plano: la cognitivo-moral. En un mundo de ideologías impuestas a la fuerza, de algoritmos que viran hacia corrientes políticas de odio o de nuevas tecnologías como la inteligencia artificial (cuyas consecuencias aún desconocemos), resulta pertinente preguntarnos: ¿cómo construyen su moral los adolescentes de esta época? ¿Desde qué fundamentos o referencias pueden llegar a decidir y actuar en función de lo que consideran el bien y el mal?
Jean Piaget, padre de la psicología evolutiva, afirmó que durante la adolescencia se adquiere la capacidad de pensamiento formal. Es decir, la capacidad de razonar de manera abstracta, de formular hipótesis y de considerar múltiples perspectivas más allá de la propia. De hecho, es a partir de esta evolución cognitiva que puede emerger un juicio moral más sofisticado. El psicólogo estadounidense Lawrence Kohlberg profundiza en esta cuestión a través de su teoría de los estadios del desarrollo moral. Según él, los adolescentes —y las personas en general— atraviesan diferentes fases en su manera de entender la moralidad. En un primer momento, suelen situarse dentro de un estadio convencional, donde las decisiones se toman en función de la aprobación de los demás y del respeto a las normas establecidas. En este punto, lo relevante es “hacer lo correcto” según lo que dicta la sociedad, la familia o la autoridad. Más adelante, existe la posibilidad de acceder a un estadio postconvencional, donde las acciones ya no se justifican únicamente por cumplir normas o agradar a otros, sino por principios éticos autónomos, reflexionados y asumidos como propios. Por ejemplo, en el primer nivel un adolescente podría decir: “yo nunca conduciré a más de 120 km/h porque es ilegal”; mientras que en una fase postconvencional el razonamiento sería: “sé que no debo conducir a más de 120 km/h, pero si van a operar de urgencia a mi hijo de apendicitis, conduciré más rápido porque no puedo permitir que la situación empeore”. Aun así, aunque el autor lo presenta de forma secuencial, este progreso no es lineal ni está garantizado, ya que intervienen múltiples factores socioculturales, educativos y relacionales que pueden facilitar o limitar la adquisición de una verdadera autonomía moral.
Cuando pienso en mi propia adolescencia y reflexiono sobre la adquisición de una moral propia, se me plantean diversos escenarios. En primer lugar, mi crianza. Fui criada en un cristianismo que, pese a ser laxo y más cultural que devoto, me familiarizó con la culpa y con ciertas ideas claras sobre la bondad y la maldad. En términos de la teoría de Kohlberg, este momento vital se situaría dentro del estadio convencional. A medida que fui creciendo y desafiando cada vez más esos ideales, pude desplazarme hacia un estadio postconvencional que me permitió comenzar a razonar sobre principios éticos propios. Ahora bien, esta es la secuencia que la teoría prevé; en retrospectiva, comprendo que mi recorrido no fue exactamente así.
Los entornos de socialización ejercen una influencia decisiva en la forma en que cada individuo transita los estadios morales. No nos desarrollamos en un vacío neutral, sino en contextos concretos que orientan, aceleran o incluso distorsionan nuestro itinerario. En pleno punto neurálgico de mi adolescencia emergió Instagram con fuerza, y como todos los que somos o hemos sido usuarios, esta red nos obligó a desplegar formas de conducta orientadas a gestionar nuestra imagen ante los demás. Esto significó que, en lugar de avanzar hacia una autonomía ética en el sentido postconvencional descrito por Kohlberg, a menudo me encontraba atrapada en una lógica de validación externa, mediada ahora no por normas sociales explícitas, sino encubiertas. Un ejemplo de esta lógica encubierta es el denominado activismo digital, que consiste en defender causas sociales o políticas en redes y puede tener mayor o menor grado de performatividad: hilos informativos no verificados con miles de retuits, hashtags empleados como credencial moral —el famoso #PrayFor____ de personajes públicos— o imágenes filtradas que actúan como aceleradores simbólicos de una indignación colectiva. Aquí reside precisamente la trampa: aunque pueda existir una intencionalidad altruista y genuina, este modo de utilizar las redes también consolida una imagen personal, la imagen de una persona comprometida, informada y, en última instancia, bondadosa. En otras palabras, el gesto comunica valores, pero también genera estatus. Mi forma de resolver este dilema fue desvincularme de las redes. Tal vez fue precisamente ese acto el que más me acercó al logro de un estadio moral postconvencional. En cierto modo, supuso dejar de existir simbólicamente, pero a la vez me abrió y permitió el espacio necesario para refinar mis opiniones y los fundamentos de mi moral desde una distancia menos contaminada.
Aun así, el objetivo de este breve ensayo no es argumentar en contra de este activismo o renegar de la capacidad política de las redes. De hecho, su potencial asociativo y de movilización es quizá su rasgo más admirable. El objetivo es plantear la dificultad de la adquisición de la moral, especialmente durante la adolescencia, y por tanto, reflexionar sobre el trabajo que podemos realizar en nuestras familias y escuelas con niños y jóvenes. ¿Cómo trabajar con la información que comienza a germinar en el sistema cognitivo de un adolescente a partir de un TikTok, y asegurarnos de que su vinculación con aquello que le importa no es superficial ni performativa, sino comprometida y real? Más aún, ¿cómo averiguar qué es lo que realmente le importa? ¿Qué significa tener principios éticos propios? ¿Quién o qué informa estos principios? Expongo estas preguntas porque, actualmente, los marcos que en el pasado configuraban la moral han sido parcialmente sustituidos por otras instancias de poder algorítmicas dominadas por grandes empresas tecnológicas. Nuestra experiencia vital —qué leemos, qué vemos, con quién nos relacionamos, cuáles son nuestras opciones— está filtrada y jerarquizada por sistemas de recomendación y por la lógica de mercado que los sostiene. Así pues, la cuestión ética no puede separarse de la realidad tecnológica que la enmarca. En este contexto, ¿pueden ser realmente nuestros los principios morales?
Con el tiempo he entendido que construir una moral propia no implica alcanzar una verdad definitiva, sino sostener un compromiso constante con el pensamiento crítico y la coherencia. En mi caso personal, alejarme de las redes fue un gesto simbólico de autonomía, pero el verdadero reto consiste en mantener esa libertad en un mundo de inercia homogeneizadora que nos quiere visibles y acríticos. Quizá la madurez moral consista precisamente en eso: aprender a pensar, sentir y actuar desde un lugar interno que no dependa de ningún algoritmo ni autoridad instructora, sino de una convicción propia forjada en coherencia con nuestros valores y compromisos sociales.